Voltar para Artigos

Vargas Llosa, heredero de Camus

As ideias que movem o mundo em um único lugar. Cadastre-se e receba mensalmente o melhor do Fronteiras

Cadastrado com sucesso

A obra Ideas en Libertad é uma homenagem aos 80 anos do Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, e foi criada e organizada por Gerardo Bongiovanni, Presidente da Fundación Libertad, e Álvaro Vargas Llosa, filho do escritor peruano.

O livro versa sobre a Cultura da Liberdade através de um seleto grupo de personalidades internacionais - escritores, pensadores, intelectuais, políticos e comunicadores – reunidas em 80 artigos sobre literatura, política, economia, sociedade, educação e outros temas relacionados à liberdade (e às vezes em que ela foi ameaçada ou negada) na América Latina.

Representando o Brasil, na obra, está o artigo do curador do Fronteiras do Pensamento, Fernando Schüler, que também foi o mediador da conferência de Llosa na abertura do Fronteiras São Paulo 2016.

Fernando Schüler nos concedeu seu artigo, que publicamos integralmente, na língua original de Ideas en Libertad. Confira abaixo e acesse o site da obra para adquirir sua edição:

En la trayectoria de Vargas Llosa siempre me ha fascinado el momento de la transición, de la ruptura con el pensamiento tradicional de la joven intelectualidad latinoamericana de los años sesenta hacia una visión del mundo cosmopolita, atenta a la preservación de los derechos y las libertades. Esta transición refleja en buena medida la personalidad de Mario: recoge gran parte de lo que, a día de hoy, sigue orientando sus elecciones políticas e intelectuales.

El momento crucial de este tránsito se sitúa en la segunda mitad de los años sesenta y tiene como epicentro la revolución cubana. La lectura del relato que Vargas Llosa hizo sobre su encuentro con Fidel en 1967 en la Casa de las Américas revela un apoyo prudente al movimiento revolucionario. Se declara convencido del «amor de Castro por su país» y, al hacer balance de la tímida experiencia política de Latinoamérica, dice preferir el camino cubano, «que restringe la libertad, pero impone la justicia».

La ruptura con el castrismo es gradual. Surge del encontronazo con la realidad: las noticias sobre las UMAP, los campos de trabajos forzados en los que se internaba a los «diferentes» de la revolución, incluidos los gais; el apoyo de Fidel a la invasión de Checoslovaquia en 1968; la supresión de la libertad de expresión; y, finalmente, el encarcelamiento y la humillación pública del poeta Heberto Padilla.

Frente a estos hechos, uno podría recurrir al camino fácil de la justificación ideológica. No fueron pocos los intelectuales latinoamericanos que eligieron este camino, el de mirar sin ver nada. Pero Mario toma la dirección opuesta: la de la crítica intelectual. Sigue la senda de Orwell, de Aron, de Koestler y de Revel. Un nuevo camino empieza a abrirse paso.

El liberalismo se le presenta a Mario no tanto como una doctrina sino más bien como una actitud ante la vida política e intelectual. Resulta clave en este punto su lectura de Popper: las nociones de falsabilidad y de una «verdad provisional», no absoluta, de la ciencia. Según la personalísima interpretación de Mario, «si no hay verdades absolutas y eternas [...], todos debemos reconocer que nuestras verdades pudieran no serlo». Su posicionamiento liberal surge como un llamamiento a la humildad, rasgo que dice mucho de la personalidad de Mario. Dice también de su experiencia vital: sabe que se ha equivocado, que ha comulgado con una fe perdida, que toda su fe será, en lo sucesivo, escrupulosamente popperiana.

Es una interesante coincidencia que la maduración de este proceso de revisión intelectual tuviera lugar al tiempo que preparaba el que sería su gran encuentro con la cultura brasileña: La guerra del fin del mundo.

Mario sufre un doble hechizo: por un lado está el elemento arcaico y paradójico de la guerra santa en las inhóspitas tierras del sertón de Bahía, liderada por Antônio Conselheiro, «el Consejero»; por otro, la fascinación por la trágica figura de Euclides da Cunha, quien durante la guerra pasa también por un intenso proceso de mutación intelectual. En el discurso que pronunció en la Academia Brasileña de Letras en 1997, Vargas Llosa dice que «al revés que algunos intelectuales de su época y otros muchos hoy, Euclides fue capaz de cambiar su forma de pensar al comprobar que los hechos objetivos pulverizaban sus convicciones políticas».

Me atrevería a decir que Euclides funciona en este sentido como una especie de alter ego del propio Mario. Joven entusiasta de la recién estrenada república brasileña, la experiencia de la guerra supone para él un baño helado de realidad. En vista de los hechos, al igual que Vargas Llosa, se atreve a pasar revista a su posicionamiento.

Sin embargo, y a diferencia de Euclides, Vargas Llosa no busca ninguna explicación sociológica al conflicto. Su apuesta es por la narrativa ficcional, una labor que arropa con una impecable investigación empírica: el viaje por el sertón, la búsqueda del paisaje, de los supervivientes, de un habla que pudiera atravesar el tiempo. Le seguirán las pesquisas en la Biblioteca del Congreso de Washington y el rastreo de todo lo que pudiera haberse escrito sobre el asunto.

Desde el sertón de Bahía, en un artículo de 1979, Vargas Llosa formulaba la cuestión primordial: «¿Qué dio Antonio Consejero a esos miles de hombres y mujeres […] para que se inmolaran de este modo por él?». Cabrían muchas respuestas: la miseria, la superstición, el abandono de la república, el carisma del Consejero. En cierto modo, en aquel fin del mundo del sertón bahiano, el escritor estaba recreando una escena del arcaísmo latinoamericano.

Recrea un drama y unos personajes: Galileo Gall, el revolucionario fuera de lugar, incapaz de ser comprendido; el periodista miope, que duda de los documentos, del discurso, de su propia visión defectuosa. El escritor sabe que algo se ha perdido y que no podrá reconstruirlo. Sabe que no hay una única historia, sino un «árbol de historias». El liberalismo de Vargas Llosa parece moverse como él, desconfiado de todo discurso –sea cual sea– que insinúe tomar el lugar de la verdad y eliminar la posibilidad de su propia negación.

Un liberalismo, el de Vargas Llosa, que no tardaría en cruzar su camino con lo que él mismo denominó «reformismo libertario», de Albert Camus. En su análisis de la ruptura que representa El hombre rebelde, Vargas Llosa afirma: «toda la tragedia política [...] comenzó el día en que se admitió que era lícito matar en nombre de una idea». De ahí su apego a la libertad como valor absoluto y la inclusión definitiva en el programa liberal de los a veces olvidados derechos humanos.

Pero antes que nada hay una cosa: un compromiso con lo que yo denomino «la ética de la responsabilidad intelectual», un moderado sentido de la realidad y de la independencia personal que llevó a Vargas Llosa a asumir posiciones a veces difíciles: la condena del belicismo de Israel en la Franja de Gaza, el apoyo a Ollanta Humala en la segunda vuelta de las elecciones peruanas o sus palabras al ser cuestionado sobre el respaldo de Friedman y Hayek a Pinochet:

«Si [Friedman y von Hayek] lo hicieron, se equivocaron. Cometieron una gravísima equivocación y hay que criticarlos por eso, porque ningún liberal debe apoyar una dictadura política».